“EL RETRATO DE DORIAN GRAY”, DE OSCAR WILDE
Hablar de la narrativa de este autor, teniendo en cuenta la traducción (que muchas veces lo empeora), es curiosear en el lenguaje del siglo XIX, exquisito en las descripciones, poético en muchas ocasiones, y filosófico con estupendas sentencias que introduce en diálogos ligeros, cortos y amenos entre los personajes de la clase aristocrática londinense.
Este libro es un canto a la belleza, al arte, una obra cercenada, en parte censurada por el primer editor. Han desaparecido escenas de sexo y amor que cuando lees, sientes que faltan. Quedando un texto algo melifluo. Se podría decir que tratándose del mismo demonio, ¿cómo es posible que no haya más violencia? Lo que decanta una falta de realismo, con una mirada romántica de la vida del joven Gray.
Encontramos un estilo narrativo elegante en algunas descripciones, como por ejemplo en la página 7: «El confuso estruendo de Londres era como el registro de un órgano lejano.».
Página 9: «Finas espirales de humo azul que se entrelazaban caprichosamente brotando de su grueso y opiado cigarrillo.».
Página 14: «Mirando las nubecillas que, como vellones de seda blanca, iban a la deriva por el azul turquesa del cielo de verano.».
¿No les gusta como describe? Es muy poético.
Por ejemplo, en la página 64: «La vi palidecer bajo la ordinaria capa de polvo que cubría sus mejillas, y sus labios secos se distendieron en un espasmo dolorido.».
Página 170: «El tictac del reloj sobre la chimenea le pareció dividir el tiempo en átomos dispersos de agonía,».
Igualmente, podemos encontrar sentencias de rotunda filosofía, como:
En la página 9: «Pero la verdadera belleza acaba donde empieza la expresión intelectual.».
«Desde el momento en que se sienta uno a pensar, se vuelve uno todo nariz o todo frente».
«En la iglesia no piensan.».
Página 59: «a la gente le gusta mucho prodigar aquello que necesita más. Es lo que llamo el abismo de la generosidad».
Tiene una alta dosis de ironía, típica de la aristocracia:
«Trata a sus convidados exactamente como un tasador a sus mercancías», o
«Mi hermano mayor no quiere morirse...» en la página 13.
Y también encontramos un claro machismo, propio de su tiempo (hay que quitarse las gafas violetas para leerlo), por ejemplo en la página 51: «las mujeres son un sexo decorativo».
A pesar de ese machismo tan elocuente del amigo Henry, el personaje más embaucador y realmente el que manipula al joven Gray, y conociendo el estilo de vida del autor, un intelectual admirado, diferente, llamativo, que fue encarcelado por “escándalo público”, por una homosexualidad que claramente se percibe en la lectura y fue censurada en el libro que nos ocupa, he sentido al leer el libro que volver a los clásicos es un lujo. Un regreso a la literatura de calidad que no podemos dejar de hacer. Recomiendo, si eso le vale a alguien, la lectura.

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